Jonathan, de 37 años y director general de su propia empresa, vive con su compañera. A finales de 2001 acudió a su médico de familia porque había adelgazado mucho involuntariamente, pero no se encontró ninguna causa en ese momento.
“Volví al médico de familia de nuevo a comienzos de 2002 porque seguía perdiendo peso sin motivo. Recomendó que me hicieran una endoscopia en el hospital local y me explicó que consistiría en utilizar un tubo fino con una cámara en el extremo para explorar el intestino. Como pensaba que no era urgente, me dieron una cita ordinaria para unos meses después.
“Sin embargo, empecé a tener unos sudores nocturnos terribles y me despertaba empapado todas las mañanas; además, de pronto empecé a encontrarme cansado continuamente. Cuando volví al médico de familia, llamó al hospital y solicitó una endoscopia de urgencia para dos días después. La exploración mostró que tenía una gran masa en el intestino, por lo que los médicos tomaron una biopsia para hacer más pruebas.
“Los resultados de los análisis indicaron que padecía algo denominado linfoma no hodgkiniano difuso de linfocitos B grandes, y los médicos me explicaron que era una forma de cáncer. Como seguía adelgazando, teniendo sudores nocturnos y sintiéndome muy cansado, quería empezar enseguida con el tratamiento, pero dijeron que debía verme un equipo de oncólogos médicos y someterme a más pruebas para tener la seguridad de que iba a utilizarse el tratamiento adecuado.
“La oncóloga solicitó unas TC de tórax, abdomen y pelvis, así como una biopsia de médula ósea y un análisis de LDH. Cuando recibió los resultados, me dijo que tenía un linfoma no hodgkiniano en estadio I y que era extraganglionar, es decir, que no afectaba a los ganglios linfáticos.
“Como seguía sintiéndome muy mal, empezaron de inmediato a administrarme quimioterapia. En total, la recibí durante cuatro meses aproximadamente y me alegré de no tener muchos efectos secundarios. Y una cosa importante: pude seguir trabajando, sobre todo cuando mis síntomas empezaron a desaparecer.
“Una vez terminada la ‘quimio’, me hicieron más pruebas que mostraron que había tenido una remisión parcialmuy buena, pero que todavía quedaba algo del linfoma no hodgkiniano. Por ello, la oncóloga me propuso otro tratamiento para eliminar la enfermedad residual y me envió a un hematólogo que trabajaba en el mismo hospital.
“Cuando acudí al hematólogo, hablamos largamente de un posible trasplante de células precursoras hematopoyéticas de sangre periférica. Dijo que para ello debería someterme a una quimioterapia intensiva que entrañaba riesgo de complicaciones graves. Pero explicó que, como era joven y mi forma física era bastante buena, podría superarlas. Estaba tan deseoso de deshacerme de la enfermedad hasta el punto de que reducir al mínimo la probabilidad de que reapareciera, que decidí someterme al tratamiento.
“En primer lugar, los médicos me administraron una combinación de quimioterapia, seguida unos cinco días después de inyecciones de una hormona que incrementa la producción de glóbulos blancos en la sangre. Aproximadamente una semana y media después me introdujeron una aguja en cada brazo y conectaron ambas a un aparato. Durante unas cuatro horas bombearon la sangre al aparato y la reintrodujeron en el brazo; así obtuvieron las células precursoras y luego las congelaron.
“Como la quimioterapia estaba reduciendo la enfermedad residual, me administraron otros dos ciclos antes del trasplante. Esto me produjo náuseas y me sentí muy cansado. Al final de la quimioterapia me hicieron una TC que mostró que el linfoma no hodgkiniano había desaparecido por completo. También me hicieron muchas pruebas, por ejemplo de función renal, cardiaca y respiratoria, para asegurarse de que estaba en condiciones de seguir con el tratamiento.
“Todas las pruebas dieron buenos resultados, por lo que empecé la quimioterapia intensiva que se administra antes del trasplante. El hematólogo me explicó que la cifra de células sanguíneas descendería drásticamente entre seis y siete días después de esta quimioterapia. Como el trasplante de células precursoras iba a tardar cierto tiempo en empezar a producir glóbulos blancos maduros, me inyectaron las células al día siguiente de terminar la quimioterapia.
“Sin embargo, mi sistema inmunitario todavía estaba muy débil, por lo que permanecí en sala de aislamiento durante aproximadamente un mes para prevenir las infecciones. Me hacían revisiones periódicas para ver si tenía fiebre, hematomas o hemorragias. Las enfermeras me administraron antibióticos y transfusiones de sangre y de plaquetas. Durante las primeras semanas estuve muy quebrantado y con sensación de ardor desde la garganta hasta el estómago. También tuve náuseas, vómitos y diarrea, y me sentí sumamente cansado todo el tiempo.
“Hacia el final de mi estancia en el hospital empecé a encontrarme mejor, a caminar por la planta e incluso a utilizar la bicicleta estática que tenían. Cuando me enviaron a casa, estuve tres meses sin trabajar para recuperarme adecuadamente, lo cual resultó difícil debido a mi actividad empresarial. Unos seis meses después de terminar el tratamiento empecé a sentirme el que era.
“Las revisiones cada seis meses muestran que no queda nada del linfoma no hodgkiniano. Aunque fue arduo, estoy realmente contento de haberme sometido al trasplante de células precursoras y, dos años después del diagnóstico, vuelvo a disfrutar de la vida.”
Share your story with others on lymphoma-net.org
|